Llevamos semanas con encendidos debates sobre el origen y responsabilidad de la trama de espionaje entre líderes del PP que está sacudiendo la capital de España. Una guerra que se entremezclan la ambición de sustituir al futuro exlider del PP Mariano Rajoy, el dominio de la joya económica de la comunidad llamada Caja Madrid, el odio visceral que se procesan los herederos Gallardón y Aguirre, y la competencia feroz entre el País y el Mundo….
De toda la variada información que se nos ofrece estos días destaco el artículo publicado por Antonio Casado, periodista con una clara tendencia hacia la derecha muy crítico con los socialistas y especialmente con Zapatero y habitual del diario digital El Confidencial, que en su columna de opinión AL GRANO, ha publicado un artículo titulado Los botes de humo y la
caza del mensajero en el ‘Watergate’ de Madrid , que os transcribo a continuación:
“Si Esperanza Aguirre y su gente prefieren decretar la muerte del mensajero, allá ellos. Más dura será la caída”. Empiezo por el final del artículo de ayer, cuando ya sabemos que el Watergate de Madrid presenta indicios de delito. No lo dice un periodista o un periódico adverso a la causa política de Esperanza Aguirre. Eso ya lo dice un juez. “Los hechos presentan caracteres que hacen presumir la existencia de una infracción penal”, según el titular del Juzgado número 47 de Madrid, don José Sierra. Como mensajero no puede estar más cualificado.
De mensajes y mensajeros va la cosa. La memoria nos instruye sobre la tentación de matar al mensajero que asalta a los gobernantes pillados en falta. Y sobre los regates que se hacen a sí mismos, como los malos futbolistas, aquellos políticos y periodistas afines a la causa perjudicada por el mensaje. Ocurrió al final del primer reinado socialista, cuando la Prensa más próxima al PP le servía un sapo cada mañana a Felipe González.
Y ha vuelto ocurrir. Pero ahora con los papeles cambiados y una escandalosa asimetría en el tratamiento de conductas perversas. Nos ocupa la referida al caso del espionaje a dirigentes del propio partido en el entorno de la Comunidad y el PP de Madrid gobernados por Esperanza Aguirre. La ira contra el mensajero y los botes de humo, de uso habitual en el Gobierno socialista de la Legislatura 1993-1996, son mimetizados ahora por quienes ven tambalearse sus planes. Sus planes consisten en poner a Esperanza Aguirre donde está Rajoy como antaño lograron poner a Aznar donde estaba González.
Lo último ha sido acusar a Rajoy de utilizar al ex tesorero del PP, Alvaro Lapuerta, para darle cuartos al pregonero. Mentira podrida. Me consta que el líder del PP se enteró el sábado por la noche, a través de su jefa de prensa, de que Lapuerta había hecho las consabidas declaraciones, publicadas por El País en su edición del domingo. Pero contra Rajoy vale todo en estas circunstancias. También vale acusarle de no prestar respaldo suficiente a la presidenta madrileña. O de haber respaldado en exceso a Gallardón cuando el alcalde -dicen- avaló “sin pruebas” las acusaciones de El País contra la presidenta. Otra falsedad. Gallardón se ha pegado a la doctrina de que si hay espiados hay espías. Quiere averiguar quienes son los segundos cuando ya se sabe quienes son los primeros. Pero en ningún momento ha sugerido ningún nombre concreto de espías o de jefe de los espías. Ni el de Aguirre ni otros.
Son, en fin, los que tienen la desfachatez de querer meter en el charco al ministro Rubalcaba, por un lado, y a los antecesores de Esperanza Aguirre en la CAM, Leguina y Gallardón, por otro. Ayer mismo el diario El Mundo, el que con mayor entusiasmo parece haber asumido la defensa mediática de Aguirre, lanzaba por boca de un sindicalista policial la especie envenenada de que el alcalde de Madrid también ha creado una unidad parapolicial como la de Granados, sugiriendo a renglón seguido la posibilidad de que los famosos “partes” también podían haber surgido de esta unidad.
Lo dicho. Botes de humo y caza del mensajero. No faltan los genios que lo endosan todo a un montaje de Moncloa para desviar la atención del grave problema del paro que aqueja al país. O a una malversación informativa de El País. Y se quedan tan panchos. Como mucho, llegan a reconocer la existencia de los “partes” de seguimiento pero sin darle mayor importancia de la que puedan tener unas inocuas referencias a la hora de entrada al trabajo o el restaurante elegido. Insisto: más dura será la caída.