El Magazine de La Vanguardia entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero

Texto de Ima Sanchís
Fotos de Pedro Madueño

Aficionado a correr desde que los médicos le prohibieron seguir practicando baloncesto debido a una lesión, el presidente del Gobierno dedica al ejercicio físico el primer momento del día. En la imagen, corre por el complejo de la Moncloa
Aficionado a correr desde que los médicos le prohibieron seguir practicando baloncesto debido a una lesión, el presidente del Gobierno dedica al ejercicio físico el primer momento del día. En la imagen, corre por el complejo de la Moncloa
Más allá de la coyuntura de crisis, y de la propia política, José Luis Rodríguez Zapatero habla con el Magazine de sus convicciones más íntimas y desvela facetas de su personalidad poco conocidas. Como los recuerdos de su infancia, la devoción por su esposa, la confianza en las mujeres y una filosófica distancia con el ejercicio del poder.
Aficionado a correr desde que los médicos le prohibieron seguir practicando baloncesto debido a una lesión, el presidente del Gobierno dedica al ejercicio físico el primer momento del día. En la imagen, corre por el complejo de la Moncloa

“Estoy en paz con el más allá, no me provoca ninguna angustia”

Se le ve un hombre feliz. No hay en su rostro los surcos que deja la preocupación; ni una sola cana. Ningún rastro de disgustos persistentes. Cuando conversa lo hace como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se le ilumina la cara cuando habla de los militantes, de los más humildes, de “aquella mujer de familia obrera, posiblemente iletrada, que luchó durante la Guerra Civil, a la que distinguimos con un premio y que acabó su discurso diciendo: ‘Yo no voy a tirar la toalla. La toalla es mía’”.

Y la sonrisa se extiende más allá de su boca cuando nombra a Sonsoles Espinosa, su compañera, como a él le gusta llamarla. Ha pasado casi una hora cuando vienen a reclamarlo para su audiencia con el Rey. “Hay gente que se sienta aquí donde esta usted –dice sin solemnidad–, atesoran carreras y másters, pero hablan de los demás desde una distancia y con una prepotencia que los inhabilita para hacer algo por ellos. Sólo desde la humildad se puede ser útil…; y desde la suma, un hombre solo no es nadie.”

¿Qué nana le cantaban cuando era niño?
Mis recuerdos más intensos de esos momentos que preceden al sueño no son tanto de la niñez como de la adolescencia. Empecé a leer muy joven, apasionado por Tintín, que me acompañó durante muchos años.

¿Cómo era la vida entonces?
Era esa explosión de los 12 a los 15, cuando estás lleno de energía; jugar al fútbol, compartir los momentos de asueto que nos daban. Y la Nochebuena en casa de mis abuelos, en Valladolid, donde coincidíamos 14 primos por parte de mi madre, todos disfrazados para hacer una representación. Tuve una adolescencia y una juventud felices.

¿Y qué hay de los complejos de adolescencia: el pelo, los granos…?
Bueno, no tuve grandes complejos. Es verdad que cuando uno ve las fotos…, ahora que dice lo del pelo: yo lo llevaba largo y lo tenía muy hosco y veo que con 16 y 17 años parezco el león de la Metro. Hasta los 12 o 13 años fui un niño más bien gordito y, por el contrario, mi hermano (Juan, cuatro años mayor) era muy delgado. Hacíamos una pareja muy contrapuesta. A partir de los 14 años ya adelgacé.

¿Qué le repetía su madre?
La idea de la austeridad y la sencillez. Ella era una mujer castellana, seca, muy auténtica. No somos proclives a la expansión, a mostrarnos excesivamente.

Y su padre, ¿en qué le insistía?
La honestidad en las ideas, en los comportamientos, la lealtad a los ideales. Mi familia atraviesa las vivencias más duras de la guerra, la posguerra y el franquismo, y eso me lo transmite fundamentalmente mi padre, que se quedó sin padre a los nueve años porque fue fusilado en la Guerra Civil. Mi abuelo era capitán del ejército republicano y socialista.

A los 14 años le dieron un testamento difícil de digerir…
Sí, representa una aportación fundamental a mis sentimientos, a mi comprensión emocional de la vida y mis ideales. El “muero inocente y perdono, y pido a los míos que perdonen” que encabeza el testamento de mi abuelo es algo que ha estado muy presente en mi vida. En el debate de investidura, cuando fui elegido presidente del gobierno en el 2004, incorporé en la última parte de la intervención tres párrafos de su testamento. Era una especie de homenaje secreto, que sólo mi familia comprendería, a una memoria y una trayectoria. Como tantas otras familias, la mía vivió el dolor en silencio, en el silencio de 40 años sin poder casi decir lo que nos había pasado, que era tremendo. Mi padre vivió con una gran dignidad en aquel contexto.

¿Y su abuela, la esposa del capitán Lozano?
Era una persona muy inteligente, sin estudios, como desgraciadamente la gran mayoría de las mujeres de las generaciones que nos han precedido y que ha sido el mayor drama de España: la marginación, la dominación, de las mujeres. Mi abuela tenía un gran temor a que participáramos en la vida política porque un día su marido se despidió de ella por la mañana y no volvió. Estuvo dos años sin salir de casa.

¿Ella se lo contó?
Sí, teníamos muy buena relación. Durante una larga etapa era yo el encargado de ponerle las inyecciones de insulina porque era diabética. Vivió 101 años, rompió todas las reglas de la salud. Durante treinta años estuvo siempre sentada. Tenía mucho temor a que volviera a pasar lo que ella había vivido. Pero también había una parte secreta de orgullo. No me vio llegar al liderazgo del partido socialista, murió antes, pero ya estaba yo haciendo mis pinitos.

¿Qué edad tenía cuando pinchaba insulina a su abuela?
De los 17 a los 20 años. Mi abuela vivía sola y, aunque vivía cerca, algunas veces nos turnábamos para ir a dormir a su casa. Era todo un carácter, tengo un recuerdo que me viene a la cabeza permanentemente: ahora que estamos siempre dándole vueltas al ahorro energético, mi abuela, que lo había pasado muy mal, pues se quedó viuda y sin pensión y le costó mucho sacar a mi padre y a mi tía adelante, tenía la obsesión del ahorro, y la expresión de ese ahorro era apagar la luz. Cuando era ya muy mayor, en el salón aquel en el que siempre estaba sentada, aunque fuera de día y la luz estuviera apagada, siempre me decía: “Hijo, apaga la luz”. Tenía una filosofía temerosa de la vida.

Esas cosas marcan.
Sin duda alguna. Somos lo que hemos vivido, una acumulación no ordenada de vivencias, afortunadamente no planificada. Lo más interesante de la vida es que es imprevisible, igual que el destino de un país, no hay un código que nos esté esperando, tenemos la capacidad de reaccionar ante las cosas.

¿Eran afectuosos sus padres?
Sí, mucho, sobre todo mi madre. Eran extraordinariamente familiares. Cuando ya estaba casado, íbamos todos los sábados a comer a casa de mis padres, con ellos y con mi hermano. Nos gusta compartir mucho tiempo juntos. Por eso, cuando me atacaban políticamente con el argumento de que yo iba a romper la familia, me producía una gran perplejidad.

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4 Responses to El Magazine de La Vanguardia entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero

  1. Flor dice:

    ¿La tendrías completa por casualidad?

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  2. […] completa a Zapatero del Magazine de La Vanguardia El post del pasado 1 de junio titulado El Magazine de La Vanguardia entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero además de ser uno de los más leídos, al estar incompleto ha generado una demanda sobre el […]

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